Nebrija, Elio Antonio de (1441 o 1444-1522)

Vida

Antonio Martínez de Cala y Jarana, universalmente conocido como Antonio de Nebrija (1441 o 1444-1522), por la latina Nebressia Veneria –actualmente Lebrija (Sevilla)–, donde nació, anteponiendo Elio, que a él tanto gustaba por tratarse de un cognomen romano habitual de la Bética y que ha perdurado hasta nuestros días, es una figura portentosa, uno de los más altos representantes de lo que supone la introducción del Humanismo en España.

No está claro el año de su nacimiento, pues las informaciones que él mismo nos transmite son contradictorias, ya que en la dedicatoria del Vocabulario español-latino (1492) dice haber venido al mundo un año antes de la batalla de Olmedo, que tuvo lugar en 1445. Sin embargo, por otras afirmaciones que dice en el mismo lugar cabe inferir que su alumbramiento ocurrió en 1441. Pasó los primeros años de su vida en su tierra natal, hasta que a los 15 años de edad se trasladó a Salamanca para realizar sus estudios. A los 19 años marchó a Italia buscando los nuevos métodos y la restitución del latín, con una beca del Real Colegio Mayor de San Clemente de los Españoles en Bolonia. Cuando creyó que su formación debía terminar, entró en contacto con el arzobispo de Sevilla, Alonso de Fonseca (1418-1473), siendo preceptor de su sobrino Juan Rodríguez de Fonseca (1451-1524), que fue obispo de varias ciudades españolas, entre ellas Burgos, y miembro del Consejo de los Reyes Católicos. En España, Nebrija se convierte en debelador de la barbarie introducida por los nefandos maestros de latinidad. En 1475 ingresa en la universidad de Salamanca como lector de Elocuencia y Poesía, y en los primeros días del año siguiente consigue la Cátedra de prima de Gramática. Su descontento con los autores de los libros para seguir sus clases le llevan a escribir las Introductiones latinae (1481). Hacia 1485 conoce a Fr. Hernando de Talavera (1428-1507), asesor y confesor de Isabel la Católica (1451-1504), y primer obispo de Granada, quien le trasmite el encargo de esta para hacer una traducción de las Introductiones. El quehacer docente le consume muchas horas de su trabajo para obtener unos resultados muy limitados, tanto en la difusión de sus conocimientos y del objetivo que perseguía, además de no tener una holgada posición económica. De este modo entra al servicio de un antiguo discípulo suyo, Juan de Zúñiga (1459-1504), último maestre de la Orden de Alcántara, que llegó a ser arzobispo de Sevilla y era un gran mecenas. Dejó la universidad salmantina en 1487 para, con él, comenzar una fructífera etapa de su vida, dando a la luz los dos diccionarios hispano-latinos y la gramática castellana, aunque manifestando sentirse apremiado por su protector que quería ver los resultados de su mecenazgo, mientras que nuestro humanista pensaba a más largo plazo en una obra ciertamente ambiciosa. Al terminar el siglo se produce otro hecho trascendente para Nebrija y para el futuro de las Letras en España. En 1599 el papa Alejandro VI (1431-1503, papa desde 1492), de la familia valenciana Borja, concedió la preceptiva bula de constitución del Real Colegio Mayor de San Ildefonso, embrión de la universidad de Alcalá de Henares, cuya primera piedra puso el cardenal Cisneros (1436-1517) al año siguiente. Tenía este otra gran idea en mente, la elaboración de la Biblia políglota por la cual se sintió inmediatamente atraído Nebrija y se puso a trabajar en él en 1502. Al año siguiente recibe la llamada de la universidad de Salamanca para que se incorpore a su claustro, pero declina la invitación. Pronto surgen problemas en la versión de la Biblia, pues Nebrija quería revisar el texto de la Vulgata para fijar el nuevo, a lo que se oponen los defensores del criterio teológico que se oponían a modificación alguna, y Elio Antonio abandona las tareas. Estos hechos lo llevaron a redactar un texto en su defensa, y en defensa de la prevalencia de la gramática sobre las demás disciplinas, la poco conocida Apologia. Fue una batalla perdida en su empeño por limpiar el latín corrompido. A ello se une que su mecenas muere en 1504, y decide regresar a Salamanca en 1505, tras opositar a la misma cátedra que había ocupado años antes. Llega un momento en que por diversos motivos se siente hastiado y durante cuatro meses de 1508 no acude a sus clases, por lo que la Universidad declara vacante la cátedra en 1509. Fernando el Católico (1452-1516), ya fallecida Isabel y regente de Castilla, acude en su ayuda y lo nombra cronista real ese mismo año. Y antes de que finalizase 1509 vuelve a opositar en Salamanca, a la cátedra de Retórica, a la que no se presentó ningún competidor, aunque se encontró con un ambiente hostil por las enemistades que había ido cosechando con sus escritos y con sus actitudes, máxime cuando comenzó a entremeterse en las labores que hacían sus colegas con la excusa de que la lengua está por encima de todos los saberes ya que es el instrumento de que se sirven. Y puso en su contra no solamente a los gramáticos que ya había derrotado, sino también a los juristas que no entendían los textos que habían de aplicar, a los médicos que no podían leer o no comprendían a los maestros de la materia, a los teólogos que no podían interpretar las Sagradas Escrituras, a los historiadores que no podían acceder a sus fuentes... Sus obras disparaban dardos en todas las direcciones. Bien es cierto que también tenía amistades que lo defendían y apoyaban. En 1513 quedó vacante la cátedra de prima de Gramática, que él ya había ocupado, a la muerte del maestro Tizón, acérrimo enemigo suyo y después todo lo contrario, que explicaba su Arte de la gramática. En esta ocasión tuvo dos contrincantes, Herrera el Viejo, y el desconocido bachiller García del Castillo, que fue el que obtuvo el puesto. La venganza de sus enemigos se había consumado, y Nebrija se marchó dolido y desengañado prometiendo no volver a Salamanca ni siquiera en cenizas. Durante un año estuvo en Sevilla, en la cátedra de San Miguel, y en 1514 acude a Cisneros, quien quiso reconocer a Nebrija todo lo que representaba y agradecer cuanto había hecho por su país y le concedió la cátedra de Retórica de la universidad de Alcalá con una cláusula que llena de admiración, para «leyese lo que él quisiese, y si no quisiese leer, que no leyese; y que esto no lo mandaba dar porque trabajase, sino por pagarle lo que le debía España». Aquello debió reconfortarlo no poco, animándolo en sus trabajos: en 1517 aún habría de dar a la luz las Reglas de orthographía en la lengua castellana, al año siguiente las Pueriles introductiones y preparar una edición corregida de las Introductiones (1523), que no vería impresa. Los últimos años de su vida debieron ser más tranquilos y apacibles que los pasados, compartiendo en Alcalá no pocos ratos con su buen amigo el impresor Arnao Guillén de Brocar (ca. 1460-1523). Murió en Alcalá el 2 de julio de 1522.

Nebrija, lo cuenta él mismo, tenía un ambicioso proyecto lingüístico: un gran repertorio léxico, la gramática y la ortografía. El repertorio léxico constaba de tres partes, los dos diccionarios mayores y, el tercero, un gran diccionario latino con las voces de Derecho, Medicina y Teología, un instrumento pensado para los estudios universitarios de la época. Publicó el Lexicon hoc est Dictionarium ex sermone latino in hispaniensem o Diccionario latino-español, en el portentoso año de 1492, el mismo de la gramática española. El Diccionario marca una renovación en lexicografía y la pauta que habrán de seguir los autores de repertorios lexicográficos posteriores. Poco después dio a la luz el Dictionarium ex hispaniensi in latinum sermonem o Vocabulario español-latín, cuya fecha de edición sigue siendo centro de controversia, si bien cada vez parece más probable la de 1495, el primer diccionario en el que las entradas pertenecen a una lengua moderna. Son obras nuevas y distintas de cuanto les había antecedido. Son modernas porque prescindió de los adornos inútiles, de las explicaciones amplias de carácter más o menos enciclopédico, que, por la tradición isidoriana, venían caracterizando a los diccionarios anteriores, y logró que la estructura de las entradas y artículos de sus diccionarios fuera uniforme, así como la de las abreviaturas y de la ortografía. A Nebrija no le interesaba la cosa nombrada, o lo anecdótico, sino las palabras que sirven para nombrar. El Vocabulario no es una simple transposición de las palabras del Diccionario como afirmaron algunos de sus coetáneos y como todavía hoy se repite de cuando en cuando. Las diferencias saltan a la vista en cuanto se compara el volumen de ambas obras, pues el Diccionario, en su primera edición, posee unas 28 000 entradas, mientras que el Vocabulario tiene menos, unas 22 500. Los dos repertorios no tardaron en publicarse conjuntamente (Estanislao Polono y Jacobo Komberger, Sevilla, 1503), y es lo que habitualmente se conoce como diccionario de Nebrija. La cantidad de ediciones que se hicieron, corregidas y aumentadas es enorme. Para que el número de fichas no se hiciese difícil manejar, en la BVFE hemos preferido poner las más importantes de estas salidas bajo los nombres de quienes hicieron los cambios.

Del tercero de los repertorios anunciados por el sevillano, que nunca vio la luz de forma conjunta, se derivaron el léxico civil (que apareció como Iuris civilis lexicon junto con otros trabajos en los Aegnimata iuris civilis [Juan Porras], Salamanca, 1506, que también tienen los Latina vocabula ex jure civili in voces hispanienses interpretata y el Parvum vocabularium), el de medicina –o lo que se entendía por materia médica– y el Parvum vocabularium. Al final de las Introductiones latinae puso nuestro humanista una pequeña colección de voces (que en las primeras ediciones carecía de título, aunque pronto fue el de «Dictiones quae per artem sparguntur»), cuyo contenido cambió de una edición a otra, aumentando el número de entradas, o poniendo equivalentes españoles a más voces latinas o griegas de las entradas, a veces atribuyéndose a Gregorio de Oriola (¿?-¿?). En la edición de 1493 de las Introductiones, y antes de esa lista de palabras apareció otra con el título de «Lexicon seu Paruum vocabularium», la primera nomenclatura del español, breve, y frecuentemente sin conexión aparente de las palabras con las que las rodean, tal vez debida también a Gregorio de Oriola.

Al maestro sevillano se debe la iniciativa de publicar una edición del Dioscórides al que puso un «Lexicon illorum vocum quae ad medicamentariam artem pertinerent», que si no es un repertorio léxico en sentido estricto, no carece de interés. Esta lista de palabras es diferente del vocabulario de medicina con 2500 palabras que dejó manuscrito, y que, tras varios avatares, se recogieron, marcadas con una cruz en la edición del Dictionarium latino-hispanicum que preparó el médico portugués Luis Nunes, aparecida en 1545.

Además, el nebrisense fue poniendo en algunas de sus obras pequeños glosarios especializados, exclusivamente latinos, como el que podemos encontrar al final de la Repetitio sexta. De mensuris (en la cual declara su preferencia por el orden alfabético), o el titulado «De vocabulis quibus cosmographi utuntur», capítulo X, y último, de In cosmographiae libros introductorium.

También puso alguna lista más en otras obras, pero carente de interés lingüístico, pues son explicaciones meramente técnicas.

Como se ha anticipado, las necesidades didácticas para enseñar el latín estuvieron en el origen de las Introductiones latinae, de las que se imprimieron nada menos que mil ejemplares en 1481, comenzando una larga serie de ediciones al año siguiente, convirtiéndose, más tarde en el modelo para la descripción de las lenguas de América y de Filipinas. Fue el encargo real el que lo animó a hacer una traducción de la obra, cuyo resultado son las Introduciones latinas [...] contrapuesto el romance al latín (ca. 1487), en las que ponía el latín en la columna de la izquierda y el español a la derecha, con el fin de hacer llegar a un número mayor de personas el conocimiento de la lengua clásica, pero la obra tuvo una escasa repercusión, y no se volvió a estampar hasta 1773. Era su manera de luchar contra la barbarie, y no solamente en la gramática, sino en cualquier otra disciplina. Fue así cómo, poco a poco, iba pronunciando las repetitio para atacar la ignorancia de sus colegas, lo cual le granjeó no pocas enemistades. Leyó la primera en 1485 (De membris et partibus grammaticae, desparecida), la segunda, en la que trata la cuestión de la pronunciación del latín, al año siguiente (De corruptis hispanorum ignorantia quarundam litterarum uocibus, [Juan de Porras], [Salamanca], ca. 1489, que fue ampliada en De vi ac potestate litterarum, [Juan Gysser], Salamanca, 1503), la tercera es de 1506 (De peregrinarum dictionum accentu, [Juan de Porras], [Salamanca], 1506), la cuarta en 1507 (De etimologia dictionis, de la que solo se sabe el título y año de lectura); la quinta en 1508 (De analogia hoc est proportione, de la que únicamente nos han llegado unas páginas); la sexta de 1510 (De mensuris, s. n., Salamanca, [1510]) en cuyo interior aparece un breve glosario exclusivamente latino; al año siguiente llegó la séptima (De ponderibus, [Arnao Guillén de Brocar], [Alcalá de Henares], ¿1516?), en cuyo interior también puso un glosario latino; en 1512 leyó la octava (De numeris, Arnao Guillén de Brocar, Alcalá de Henares, 1521) en la que se corregían los errores que solían cometerse en los números romanos; y en 1513 la novena (De accentu latino, [Arnao Guillén de Brocar], [Alcalá de Henares], [1513]). Las repetitio séptima, sexta y octava fueron reimpresas en 1527 (Miguel de Eguía, Alcalá de Henares).

Nuestro humanista no pudo redactar las Introductiones sin un profundo conocimiento de la tradición gramatical latina. Para él, ha quedado dicho más arriba, la gramática es la base de toda la ciencia. Y si lo que quería era erradicar los errores y las malas interpretaciones de los gramáticos para restituir la verdad de la lengua latina, una vez alcanzada su meta, pudo dedicarse a la composición de una gramática de nuestra lengua, aparecida en aquel admirable año 1492: Gramática que nueva mente hizo el maestro Antonio de Lebrija sobre la lengua castellana. Es la primera gramática de una lengua moderna, redactada de sin tener en cuenta ni la versión latina ni la bilingüe de sus Introductiones. Con ella pretendía fijar las reglas del arte, para consolidar la lengua en los siglos venideros, y dignificarla hasta ponerla a la misma altura que el latín.

En su concepción, divide la gramática en cuatro partes, y así presenta la Gramática catellana distribuida en cuatro libros: en el primero trata de la ortografía, en el segundo de la prosodia y la sílaba, en el tercero de la etimología (que no responde a la concepción posterior de etimología, sino, más bien a la morfología y las partes de la oración: nombre, pronombre, artículo, verbo, participio, gerundio, infinitivo, preposición, adverbio y conjunción) y dicción, y en el cuarto de la sintaxis y de las doce partes de la oración (aunque reitera que son diez). El conjunto se completa con un quinto libro titulado «De las introduciones de la lengua castellana para los que de estraña lengua querrán deprender».

Como desarrollo del primer libro de la Gramática castellana, nuestro humanista compuso las Reglas de orthographía en la lengua castellana (1517), en las que dejó claros sus principios ortográficos, no solamente los que rigen en nuestra lengua, y que ya habían sido expuestos en la Gramática, de cuyo primer libro son un resumen de carácter práctico. No duda nuestro autor en decir que las letras, y los sonidos por ellas representados, son una herencia del latín, dejando muy claro que una cosa son los sonidos y otra las letras con que se figuran, de modo que se pueden reducir a reglas, esto es, sistematizar su descripción para facilitar su aprendizaje, como antes había hecho con la gramática latina y la española, de manera que el uso de la lengua quedara fijado para los tiempos venideros. Frente a lo sucedido con la Gramática castellana, las Reglas de orthographía no volvieron a reeditase hasta 1735, por Gragorio Mayans y Siscar (1699-1781), algo parecido a lo que sucedió con las Introduciones bilingües.

Nebrija no se preocupó solamente por la ortografía española, sino también, y antes, por la latina y el valor de las letras en De vi ac potestate litterarum y en In prolatione quarundarum litterarum (que apareció al final de las Pueriles introductiones de 1518), por la griega (De litteris graecis, Jorge Coci, Zaragoza, [1507]) y por la hebrea (De litteris hebraicis), que aprecen como añadidos en algunas ediciones de las Introcuctiones latinas. En De vi ac potestate litterarum profundiza sobre lo expuesto en la repetitio segunda (De corruptis hispanorum ignorantia quarundam litterarum uocibus), cuestión que también había tratado en la repetitio tercera (De peregrinarum dictionum accentu). Por ello puede considerarse como una recapitulación de su teoría sobre la ortografía latina, con las correcciones y actualizaciones precisas, y la pronunciación que debía darse a las letras, tanto latinas como griegas y hebreas.

Obra

La obra de Nebrija es extensísima, y las ediciones se han seguido a lo largo de los siglos. Como ayuda para ver los títulos y ediciones, deben consultarse las obras que se enumeran a continuación así como la Nueva caracola nebrisense hecha por Pedro Martín Baños:


De todos modos, las impresiones más importantes de sus obras lingüísticas son:

Repertorios léxicos:

Tratados gramaticales:

Ortografía:

Bibliografía

La cantidad de trabajos que se han publicado sobre la obra de Nebrija o sobre cualquiera de sus aspectos resulta casi inabarcable. Una buena recopilación es la bibliografía recogida en el libro de Esparza y Niederehe citado en el epígrafe anterior, y la extensa relación de los Estudios nebrisenses de Pedro Martín Baños. Con posterioridad a la bibliografía de Esparza y Niederehe han aparecido los trabajos que se citan a continuación, que se muestran como selección, además de los recogidos en los repertorios bibliográficos generales de la disciplina.

Manuel Alvar Ezquerra